jueves, 28 de diciembre de 2023

UN HOTEL DE SIETE ESTRELLAS: "THE SNOW HOME RAMCHE HOTEL". PRIMERA PARTE: EL DÍA.

 



Entre Cheram (3.870 m) y Ramche (4.580 m) no hay mucha distancia. Tampoco un gran desnivel. Cuatro horas de caminar relajado valle arriba remontando las gélidas aguas del Simbuwa Khola, parando varias veces a descansar y muchas otras a contemplar las montañas y a hacer fotografías.

Ese día no era necesario madrugar para salir pronto. Al contrario. Esperamos a que el sol bañara de luz y calor el valle para desayunar en una mesa colocada en el exterior del lodge en el que habíamos pasado la noche. Allí fuera, el pan tibetano, la tortilla y el té sabían mucho mejor. No había prisa.

Es perfectamente posible realizar un trayecto desde Cheram hasta Yalung, el final del camino para los senderistas que quieren acercarse a la cara sur del Kanchenjunga y regresar a dormir a este mismo lugar sin necesidad de hacer noche en Ramche. Es una larga caminata, pero si no dispones de días suficientes, es mejor opción que abandonar y perderse la visita a esta zona. Pero no teníamos prisa alguna. Más bien al contrario, estábamos terminando nuestros días en la zona de las montañas y se hacía cada vez más necesario disfrutar de todos los momentos que nos brindaba el camino.

Llegamos a Ramche a la hora del “lunch” en el único lugar que existe allí para pasar la noche: el Snow Home Hotel. La recepción al lugar la brinda una cría de yak de lo más cariñoso. Se sienta entre nosotros y no para de cabecear para que le acaricies la peluda y esponjosa testuz.

El “hotel” lo componen dos dependencias. Por un lado, está el hogar que, como casi siempre, es además la zona privada de los propietarios. Allí cocinan, viven y duermen. Es el único lugar donde se enciende una lumbre escasamente alimentada por algo de leña subida a hombros de porteador y por las deyecciones de los yaks, después de pasar un largo proceso de secado, colocadas cuidadosamente sobre todas las rocas de los alrededores y las paredes de las dos construcciones. 

La segunda, levantada con piedras y tejado de madera, está compuesta de cuatro habitaciones, separadas por algún muro de piedra y unas tablas y plásticos que poco o nada evitan ni las corrientes de aire, ni los ruidos. Las paredes, en su interior, están recubiertas de una fina capa de barro que tiene, como única finalidad, tapar grietas.

Por debajo de la cubierta de madera, y apoyadas directamente en los muros hay más tablas distribuidas irregularmente, soportando unos plásticos que, además de tratar de aislar la estancia, deben evitar que, en caso de lluvia, el agua caiga directamente sobre los huéspedes, algo bastante improbable a la vista de los agujeros que presentan.

Después de comer, subimos la morrena del glaciar para disfrutar de un paisaje espectacular. El viento sopla y es muy frio, así que casi todos regresan al lodge. Los que nos quedamos recibimos una inesperada recompensa: el aire se queda en calma y con él detenido, todo parece serenarse. Hasta las banderas de oración, de un algodón tan fino que cualquier brisa las agita, detienen su incesante tarea de dispersar sus mantras a los cuatro vientos y cuelgan, por fin, tranquilas y silenciosas. Toda la inmensidad que compone nuestro horizonte parece prepararse para despedir la luz y abrazar la oscuridad, para dar por cumplido otro día más en el infinito devenir del tiempo allí donde éste apenas cuenta, donde el reloj es un instrumento tan inútil como ridículo es el calendario.

Aún el sol, ocultándose entre las cumbres de las montañas, nos regala un atardecer lleno de matices, en un juego de luces representado a diario, siempre diferente, entre el astro, las nubes, las rocas y el hielo de las montañas. 

Colores tan sutiles como fugaces, que se desvanecen acariciando cada roca con una última pincelada de luz.

Consciente de haber vivido una de esas experiencias que se recuerdan siempre, poco quedaba por hacer en la oscuridad de aquel lugar. Así que, después de cenar un generoso tazón de sherpa stew bien caliente, decidí irme al saco. Sabía que no podría dormirme hasta dos o tres horas después, pero también, que dentro estaría mucho más calentito y podría disfrutar con los auriculares de algunas canciones que me acompañasen en el duermevela.

Poco imaginaba yo que aún esa noche, en este hotel, aún quedaban más emociones por vivir.


miércoles, 6 de diciembre de 2023

CHO LA

 



Llevábamos unas cuantas horas caminando desde que partimos de Dragnag, en la margen izquierda de la morrena del glaciar Ngozumba. Actualmente hay varios lodges o “casas de huéspedes” con abundantes comodidades, pero en 1989, tan solo existía una cabaña de pastores donde pudimos pasar la noche gracias a la hospitalidad de su dueña, que, a la luz de unas velas y nuestras linternas, además de darnos de cenar unos chapatis con arroz, nos permitió compartir la estancia donde dormía una pareja de sus preciados yaks. Aquella noche, ni Vicente ni yo fuimos capaces de pegar ojo. Al principio solo eran los profundos bufidos con los que, cada pocos minutos, los animales desahogaban sus gigantescos pulmones. Poco rato después no solo vaciaban sus pulmones. Había llegado el momento de hacer lo propio con su vejigas y, a tenor del caudal, el tamaño de las mismas era realmente enorme. Así, el duro y frio suelo se convirtió en una sucesión de surcos de pis de yak que parecían no tener otro objetivo que alcanzar nuestras esterillas. A la luz de las linternas tratamos de encontrar mejor acomodo, pero tampoco resultaba fácil moverse entre los animales y, sobre todo, teníamos muy claro que lo mejor era no enfadarles: el tamaño de sus cuernos y sus desafiantes miradas eran suficientes para saber valorar hasta cuanto incordiar el descanso de estos bóvidos. Al poco rato nos dimos cuenta que las únicas alternativas viables eran, bien dormir en el exterior de la casa y soportar el frio como fuera posible, o encaramarnos a una especie de altillo de piedra donde, a duras penas, podríamos colocarnos los dos. Optamos por esta segunda opción para comprobar únicamente que, de cualquier manera, no íbamos a conseguir dormir.

Así que, horas después, allí estábamos, a unos 200 metros aún por debajo de la cota 5.420 m que según nuestro plano marcaba la altitud del Cho La, el collado que teníamos que alcanzar para conectar el imponente glaciar Ngozumba, que parte del Cho Oyu con el glaciar del Khumbu, que hace lo propio desde el Everest.

El cielo, de un gris plomizo llevaba rato oscureciéndose amenazadoramente. Una sombría y compacta masa de nubes envolvía todas las montañas que, horas antes, habían comenzado a tomar posiciones ascendiendo por todos los valles que se abrían a nuestra vista. No tardó en comenzar a nevar. Primero fueron unos ligeros copos que parecían negarse a caer e, ingrávidos, flotaban alrededor de nosotros. Al poco rato, fueron haciéndose más grandes y la nevada más intensa. La luz se tornó de un extraño color rosáceo y los sonidos se apagaron por completo. Vicente, que caminaba unos pasos por delante, desapareció de mi campo visual. La falta de descanso y la fuerte pendiente, cargados con una pesada mochila a la espalda, estaba haciendo muy dura la ascensión. El frio, ahora la nieve y la falta de visibilidad, la complicaban aún más, ante la posibilidad de perder el camino entre las rocas. Me detuve a recuperar un poco la respiración y a sacudirme los copos que se acumulaban en la ropa. Apoyé la mochila en un pequeño resalte para descansar los hombros y mi dolorida espalda.

Observé en torno a mí las formas difuminadas de las piedras más próximas. No podía ver nada más allá de unos 10 metros. Respiré hondo, tratando de bajar las pulsaciones.

No escuchaba ni un ruido. Allí, en la quietud más inmutable de aquel paraje alejado de cualquier vestigio de civilización, envuelto por un silencio absoluto, con un manto blanco que se depositaba con la delicadeza de una caricia e iba tomando posesión de todos los elementos del escaso paisaje que se adivinaba, bajo una tenue luz que igualaba la intensidad tanto de las luces como de las sombras, allí sentí la máxima expresión de la soledad que jamás hubiera pensado encontrar.

Dejé pasar unos minutos más, solo por retarme a mí mismo a profundizar en esa sensación de vacío absoluto. Me dejé llevar hasta el mismo límite del pánico. Solo entonces me incorporé, acomodé la mochila y reanudé la marcha siguiendo las huellas de Vicente entre las rocas. Unas decenas de metros más adelante le encontré. No había avanzado mucho. Estaba esperándome. Llegué a su altura.

-          - ¿Bien?

-          - Bien

No hacían falta más palabras. No había otra alternativa que proseguir. Reanudamos la marcha. Alcanzamos el collado y comenzamos el descenso. Cada paso me alejaba de aquella sensación que, tantos años después recuerdo con absoluta claridad.

Qué poco imaginaba yo entonces que las personas, en la vida, nos encontramos otros Cho La mucho más difíciles de superar.


miércoles, 25 de octubre de 2023

LA RESPUESTA A LA INQUIETUD DE JAMLING NORGAY

 


Tenzing Norgay fue el primer alpinista sherpa que coronó la cumbre del Sagarmatha junto a Edmund Hillary.

Sagarmatha o “Diosa del cielo” es como conocen la montaña los sherpas. Para los tibetanos es Chomolungma o “Diosa madre del universo”. Para el resto del mundo, es el monte Everest. Incomparable forma de dar nombre a la geografía. ¡Cuánta belleza dejamos por el camino cegados por nuestra soberbia!

En cualquier caso, la montaña es el punto más alto de nuestro planeta. 8.848 metros.

Tenzing y Edmund llegaron juntos a la cumbre, o así lo quisieron explicar cuando regresaron al campo base. Nunca desvelaron, por muchas veces que se lo preguntaran durante años y años, quién de los dos fue el primero en poner el pie en la más alta cima de la Tierra.

En cualquier caso, ambos y juntos, han pasado a la historia del alpinismo y, por extensión, de la humanidad, como conquistadores de uno de los retos geográficos más perseguidos y deseados, en su día y aún en la actualidad.

Jamling Tenzing Norgay es uno de los hijos de Tenzing.

Cuando era joven, su insistencia por subir a la cumbre del Sagarmatha le hacía suplicar una y otra vez a su padre para que le autorizara a enrolarse en alguna expedición como guía de altura.

Un día Tenzing, irritado por tanta insistencia y probablemente conocedor del riego que entraña su ascensión, le contestó: 

Jamling, hijo, escucha lo que te voy a decir, desde la cumbre de Sagarmatha solamente se ve lo grande que es el mundo y la cantidad de cosas que hay que ver y aprender.

Bellísimas palabras para resumir una lección de vida.

Y que sirven tanto para la cumbre del Everest como para cualquier montaña, colina, bosque, campo de cultivo, cueva, rio, barranco, embalse, playa, isla, mar o calle de cualquier ciudad del planeta. Y para cualquier persona, de cualquier parte, clase social, raza, religión, sexo o tamaño de la cuenta bancaria.

No nos dejemos cegar por las cumbres.  En cualquier lugar, por común que nos resulte o por escondido que se encuentre, siempre hay algo que ver y que aprender. 

Solo hay que ir con los sentidos alerta. A la búsqueda de una sorpresa, de lo diferente, lo desconocido.

 


domingo, 15 de octubre de 2023

DOS TAZAS

 



¡Si es que nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando abres una puerta!

Por fin me tocaba parar y descansar un rato. Desconectar de la reunión. Salí a dar un paseo, a estirar las piernas, a respirar un poco después de tres horas de mucha intensidad en un lugar del que no voy a desvelar sus coordenadas. Hacía calor y la jornada estaba resultando agotadora.

Caminando solo, por las instalaciones al aire libre encontré un servicio. Tampoco es que tuviera una necesidad loca, pero, ya que pasaba por ahí, aprovecharía la ocasión de desbeber el poco líquido que me quedaba dentro del cuerpo después de haber sudado de lo lindo.

Entré y me quedé inmediatamente impactado. Paralizado. Algo no encajaba en mis esquemas. Hubiera pensado que ni en los míos ni en los de nadie, pero no era así. Al menos, quien había diseñado estos “Servicios” tenía un concepto diferente al de la gran mayoría de las personas sobre compartir según qué momentos. Y, a tenor de las huellas, sus usuarios tampoco le ponían remilgos al diseño.

Miré a mí alrededor. Aquél no era sitio para plantearse la posibilidad de uno de esos programas de cámara oculta. Nadie se viene tan lejos a hacer algo semejante.

Volví a salir, a comprobar si en la puerta o inmediaciones había algún tipo de cartel que indicase vete tú a saber qué, pero no advertí nada más que lo que ya antes había visto, un rótulo perfectamente colocado: “Servicios”. Me pareció extraordinariamente precisa la concordancia de número con la realidad, porque, en efecto, se trataba de “Servicios”, en plural y no de “Servicio”. Tampoco había referencia alguna, como suele ser habitual, al género. Ciertamente, tanto servían para el masculino como para el femenino y, por qué no, puestos a enredar, tal vez una ¿embarazosa? combinación de ambos.

Volví a entrar: dos tazas, un porta rollos de papel... vacío en uno de los lados, una escobilla, una papelera casi a rebosar... ¡Estaba diseñado para compartir!

Con pudoroso apresuramiento, acometí la fugaz tarea que me había llevado hasta allí, reconociendo que, de haber tenido una necesidad de carácter más intestinal que vesical, no hubiera sido capaz de acometer la tarea ante la incertidumbre de una repentina compañía. Uno tiene su pudor.

Entre tanto, mirando de soslayo hacia la puerta, comencé a aventurar numerosas posibilidades de un encuentro entre diferentes tipologías de personas atendiendo a su expresión evacuatoria: los rápidos, los estreñidos, los que entretienen el momento con una lectura, los silenciosos, los que aprietan acompañándose de breves y agudas exhalaciones guturales fruto de una exigencia abdominal puntual y exagerada …

¡Qué bonito momento para confraternizar!

¡Qué no decir de las posibilidades que proporciona la combinación de elementos gaseosos! Esas difíciles digestiones que originan un incontenible torbellino, imaginad, en un concierto a dos… ¿voces?

Y si resulta sugestiva la propuesta auditiva, ¿Qué decir de la olfativa? Poder jugar a identificar qué ha comido tu espontaneo y efímero compañero de apreturas, a analizar la proporción de la siempre diferente combinación de hidrógeno, anhídrido carbónico, nitrógeno y metano, fruto del ímprobo trabajo de la flora bacteriana tan particular que habita en nuestro intestinos…

Supongo que no es necesario que escriba mucho más. Vuestra imaginación resulta muy capaz de completar, con múltiples alternativas, variadas y coloridas escenas dentro de este sorprendente habitáculo.

Nunca los tres estados de la materia, sólido, líquido y gaseoso pueden encontrarse tan íntimamente unidos como en semejante lugar.

Y llegados a este punto,…Pásame el papel que voy terminando.


sábado, 30 de septiembre de 2023

EL HOMBRE BAJO LA MANTA

 


Salimos muy temprano del hotel, por llamar de alguna manera al lugar donde habíamos pasado la noche. Apenas comenzando el amanecer, colocamos nuestras mochilas en la baca del todoterreno y enfilamos la salida hacia el norte. Quedaba por delante un largo día de camino.

Samson, nuestro guía, conducía despacio a pesar de que las calles estaban tranquilas y prácticamente vacías. Nada que ver con lo que habíamos encontrado la tarde anterior, en mitad de una descomunal tormenta, ni en lo que se convertirían no más de dos horas después: un incesante trasiego de personas, motocarros y coches, todos ellos ocupando la calzada sin orden y sin reglas. Como casi todo en este país. Buscábamos algún lugar abierto a esas horas para comprar algo de pan y, tal vez, alguna cosa más para meter dentro. Del pan y del estómago.

Samson, buen conocedor de toda la ruta, sabía dónde pudiéramos encontrar algo abierto y nos llevó en aquella dirección. Unos minutos después detuvo el coche. Me bajé con él, como hacía casi siempre, para acompañarle, para “meter las narices” en cualquier lugar y para pagar la compra.

Caminábamos por la acera, él delante, yo, unos metros más atrás, cuando a unos pocos pasos de distancia, algo tapado con una manta de cuadros roja y negra, se movió. De debajo de ella salió primero una pierna, luego otra, después un brazo, una cabeza y al fin un hombre completamente desnudo. Era alto, fibroso, flaco, con la piel de color más cobrizo oscuro que negro, con una maraña de pelo ensortijado y revuelto, barba canosa de días. El rostro tan lleno de mugre como de arrugas. Los dientes tremendamente blancos resaltaban en su cara. Era imposible calcular su edad. Como en tantas otras ocasiones, la vida deja en algunas personas huellas indelebles impropias de los años transcurridos.

Una vez erguido, ciñó la manta alrededor de su cintura y pasó un extremo de la misma por encima de un hombro. Así vestían. Recogió su vara.

Ralenticé mis pasos. Me fijé en que este hombre no era el único “bulto” de la calle. Era uno más de los muchos que habían pasado la noche en aquella acera de esa ciudad en este inmenso país.

Samson debió darse cuenta de mi expresión y me dijo,

- eso es todo lo que tiene, una manta para taparse y un palo para defenderse. Ahora comienza otro día de supervivencia. Buscará algo para comer, alguien que le de unas monedas o alguna ocupación momentanea a cambio de compartir una injera*.

¿Se puede no tener absolutamente NADA? La respuesta la tenía delante de mí. Se puede. Se puede no tener NADA material. 

Pero, pensé, aquel hombre tendría dentro de sí, sentimientos, pensamientos, sensaciones, emociones… O tal vez, no. Quizá, cuando todo se limita a levantarse para sobrevivir a un nuevo día, a evitar sucumbir, entonces todo se centre, precisamente, en evitar sentir hambre, frío, miedo, ... y en pensar cómo evitarlo.

El hombre caminaba hacia nosotros. Al llegar a mi altura, cruzamos las miradas. Jamás sabré, y prefiero que sea así, lo que pudo pasar en ese momento por su cabeza. Pero tampoco olvidaré lo que dejó grabado en la mía.

Vi sus ojos y, en su infinita profundidad, en un solo instante, toda su vida.

Entonces entendí lo que es la dignidad.

 

*(la injera es torta de tef con pasta de lentejas, verdura y algo de carne)


sábado, 16 de septiembre de 2023

EL MONASTERIO

 Es muy temprano por la mañana. Hace frio. A esta hora, donde el silencio todavía impera, una escarcha helada convierte el camino en una ruidosa alfombra que cruje a cada paso, rompiendo miles de pequeñísimos cristales formados apenas unas horas antes y que, al poco, volverán a desaparecer.

La luz es muy tenue aún. Aquí las montañas son muy altas y el amanecer se abre paso entre sus cumbres lentamente. Un color gris azulado baña todo el valle, sin sombras, apenas sin colores, sin contrastes.

El monasterio aún queda algo lejos, pero caminado a este paso no tardaré en alcanzar su entrada. Escucho mi respiración que, junto con mis pisadas y el roce de las mangas de la chaqueta crean una base rítmica que me acompaña. El vaho de mi aliento aparece y se desvanece. Me siento feliz.

La claridad aumenta. Un halo de luz intensa se recorta tras la figura del último pico que cierra el valle por el este. Y de pronto, ocurre. El primer rayo de sol impacta en la cubierta de chapa del templo que multiplica instantáneamente su brillo y lo refleja a su alrededor. Sonrío como un niño que ha ganado una apuesta. Por una vez acerté el cálculo. Llegué a tiempo.

Entro por el pórtico de acceso al monasterio y me quito las botas en el patio de la entrada.  La puerta del templo está abierta. Con una extraña sensación de inseguridad, temor e incertidumbre cruzo el umbral. Siento un profundo respeto. No quisiera transgredir ninguna norma ni molestar a nadie en su rezo. Me detengo unos pocos pasos más allá de la puerta sin apenas percibir nada. Mis ojos aún tienen que recuperarse del impacto de la luz y acostumbrase a esta recogida oscuridad. Apenas veo y tampoco escucho sonido alguno, pero enseguida puedo percibir el inconfundible olor de unas ramitas de enebro que arden en uno de los altares, mezclado con el acre de la grasa de nuk que alimenta decenas de lamparillas repartidas al pie de diferentes imágenes de dioses y que empiezo a vislumbrar.

En pocos minutos mis ojos se han acostumbrado a la estancia.

Volutas de humo se elevan desde cada una de las velitas. Me acerco lentamente unos pasos más. Basta ese pequeño movimiento para que comiencen a bailar, desplazándose caprichosamente hacia los lados. Muevo ligeramente una mano por encima de una de ellas, que se despereza, me envuelve. Me está acariciando. Me da la bienvenida.

Por un ventanuco situado en la parte más alta de la habitación entra algo de claridad. Distingo los colores que adornan la iconografía tibetana, un arco cromático que oscila entre el granate, rojo, naranja azafrán y amarillo. El haz de luz atraviesa un campo de diminutas motas de polvo que se burlan de la gravedad negándose a caer. Lo cruzo y genero un torbellino, un cataclismo microcósmico en el orden del templo.

Las paredes están adornadas de tankas, telas, banderas de oración, imágenes de dioses en sus más variadas manifestaciones.

El tiempo no existe aquí dentro. Así, como es hoy, fue ayer, hace diez años y hace cien.

Así debería ser mañana, dentro de diez años y dentro de otros cien.

De pronto escucho un inesperado carraspeo que surge entre las tinieblas de una esquina del fondo. Pensando que estaba solo, me pego un susto de muerte. Giro hacia el lugar de donde proviene el ruido y veo un joven monje que se levanta y con ojos pícaros me sonríe y me saluda:

-    -  Buenos días y bienvenido.
- Buenos días. Lo siento. No quería molestarle. Solo deseaba estar un momento en el interior del templo antes de seguir camino- trato de justificarme-.
- Es una gran idea – me contesta – Disfruta de tu estancia y si deseas alguna explicación solo tienes que pedírmela.
- Gracias. Solo estaré un momento más.

Comprendo por su expresión, sus palabras y su comportamiento, que muchos otros viajeros se levantan de noche para visitar este templo al amanecer. Camino con precaución, muy despacio. Mis sentidos recogen cuanta información soy capaz de retener. Olores, colores y sonidos. Un siseo acompaña el rumor del monje que ha comenzado una monótona letanía acompañada de su molinillo de oración.

Sobre una pequeña estantería se apilan con esmerado orden una serie de libros de extraño formato. Son gruesos y mucho más anchos que altos. Me detengo a observarles. Justo en el momento en el que voy a levantar una mano para pasar mis dedos por su cubierta de envejecido y ajado cuero, el monje aparece de nuevo a mi espalda.

-   -  Es un libro de oraciones. Proviene del Tibet. De los pocos que se salvaron de la represión. Tiene más de mil años. Déjame que te lo muestre yo, pero te pido que no lo toques.

El monje abre la cubierta y con un cuidado reverencial pasa dos o tres hojas de un papel tan fino que parece que podría quebrarse con solo un ligero soplido. Las páginas están cubiertas por completo de texto con algunos dibujos en sus bordes. Instantes después lo cierra, lo envuelve en una khata de seda y se retira lentamente de nuevo al fondo de la habitación.

Me detengo constantemente a captar todos los detalles. No quiero irme sin absorber cada centímetro cúbico de este lugar. Quiero aprenderlo. Quiero aprehenderlo. Llevarme para siempre dentro de mí este momento de absoluta serenidad, equilibrio, bienestar y paz.

Ese es el verdadero tesoro inmaterial que guarda y protege este lugar.

Pero llega el momento.

Me dirijo hacia la puerta y dejo unos billetes en la caja de ofrendas. Al girarme para despedirme del monje no le veo. Ha desaparecido de la estancia sin que me haya dado cuenta.

Salgo de nuevo al exterior. Trato de atarme los cordones de las botas, pero me tiemblan los dedos. Me tomo un respiro. Cierro los ojos y trato de volver a la realidad. ¿Cuánto tiempo he estado en el interior del templo? ¿Esto ha sido real?

El sol baña por completo el valle. Mis compañeros de viaje estarán preguntándose donde me he metido. Va a tocar correr.

Han transcurrido ya más de siete años desde que visité aquél lejanísimo monasterio. La intensidad con la que traté de captar todos y cada uno de los estímulos y las sensaciones que percibí me permite evocar el momento y volver a sentirlas tal como las experimenté allí.

En ocasiones, en situaciones cotidianas donde me dejo llevar por la irritación, el temor, la angustia… vuelvo allí.

Y todo sigue dentro, en el mismo sitio: El rayo de luz, las motas de polvo, las velas, el libro, el enebro, el monje, …

Y todo sigue de la misma forma: Serenidad, equilibrio, bienestar y paz.

Me traje conmigo una pequeña parte del tesoro.


viernes, 4 de agosto de 2023

OS PRESENTO: POR LA VENTANA DE ATRÁS

 



¿Tiene algún sentido esto que estás haciendo? Me pregunté después de un rato escribiendo.

Probablemente no, me respondí. Pero voy a seguir.

¿Por qué? Insistí.

No tengo respuesta, me volví a contestar y, zanjando el debate añadí, ... y ahora quédate calladito, que tengo cosas que hacer.

No sé por cuanto rato seguí discutiendo conmigo mismo. No me acuerdo, pero lo cierto es que continué adelante y este es el resultado: un blog que no alcanzo del todo a entender por qué lo escribo ni de qué estará hecho.

Por la ventana de atrás se nutre de reflexiones sobre cosas que suelen pasar desapercibidas, tanto en la vida diaria como, al salir del entorno habitual, en los viajes.

Hay muchas formas de ir por la vida. También de viajar. Todas válidas y respetables... (... tal vez no todas). Yo persigo y me dejo atrapar por cosas que normalmente no se ven, todo aquello que no advertimos, que pasa de incógnito, que siempre está ahí pero es casi invisible. Me gusta entretenerme en las personas, en sus costumbres, sus gestos, sus manos, sus miradas... en definitiva... asomarme por la ventana de atrás.

Escribir sobre ello no es sencillo y mucho menos cuando no se tienen dotes y las palabras, se juntan y se revuelven torpes como cachorros jugando, se atropellan unas a otras, pero en mi vida, he aprendido a hacer las cosas tal cual me salen del corazón, del alma, del cerebro, o si se tercia, del páncreas, por ese orden, así que por aquí espero que vayan apareciendo historias, reflexiones, pensamientos y...algunas cosas raras e inclasificables.

Tampoco será fácil de leer. Requiere tranquilidad, pausa, comprensión, un poco de imaginación y, sobre todo, mucha indulgencia. 

Solo aspiro a compartir algunas de las cosas que han llegado y se han quedado en ese mágico lugar de nuestro interior donde se alojan las emociones, procurando no dejarme nada, aunque eso pueda hacerme completamente transparente.

¿Por qué escribirlo? No lo sé. Tal vez por hacer el esfuerzo de no olvidar cosas vividas, por temor a perderlas, por compartirlas con quien quiera leerlo, por jugar a encajar palabras, por vanidad de sentirme leído, incluso comprendido... En cualquier caso ¿es tiene que haber un por qué?

Si algo de lo que quede aquí escrito pude valer para que alguien, una sola persona, por un momento, un solo momento, encuentre una palabra que le lleve a una reflexión, que le sirva de ayuda, que le genere algún tipo de emoción, entonces habrá merecido el esfuerzo, que no es tal en realidad y me sentiré enormemente recompensado.

Hasta pronto.